Todos los founders que conozco han perdido un negocio por una decisión que nunca tomaron. Y si eres founder y estás leyendo esto, sabes que digo la verdad.
NFX habla largo y tendido sobre este tema, y saben de lo que hablan: una startup tiene una sola ventaja real sobre todos los demás. La velocidad. Puedes decidir más rápido y puedes frenar más rápido, porque no hay comité de cumplimiento, ni capa de gobernanza, ni ningún perdedor que lleva cuatro siglos en su puesto y le importa más el almuerzo que el progreso entre tú y la decisión.
Si alguien quiere probar un canal, pruébenlo. Si alguien quiere testear una funcionalidad, téstenla. Si falla, apáguenla.
Sí, sí, todo esto ya lo sabemos.
PERO los founders igual se frenan, y la razón es la aversión a la pérdida. Estamos programados para preocuparnos más por lo que podríamos perder que por lo que podríamos ganar, y ese desequilibrio se manifiesta como duda. La duda es lo que impide que la gente salte de un avión que, estadísticamente, es más seguro que el viaje en auto hasta el aeródromo*. Una vocecita te dice que el paracaídas podría no abrirse, o que el instructor atado a tu espalda podría no saber lo que hace. Pero sí lo sabe. Y la voz sigue ahí.
Esa voz es un instinto de supervivencia. Un founder sin él contrataría y haría publicidad a lo loco, y moriría asfixiado por el humo del incendio de plata que generó en menos de un año. El problema es qué hacemos con ella: tratamos la duda como una razón para esperar, cuando lo único que la resuelve es avanzar.
Hace poco, estaba en una startup que crecía rapidísimo (para aquella época) gracias a los ingresos de servicios financieros, y durante meses debatimos si debíamos apuntar a otros sectores. Nos preocupaba que fuera una distracción, nos preocupaba que diluyera lo que estaba funcionando. Lo discutimos en cada reunión de liderazgo y no resolvimos nada. Y el problema de la gente inteligente es que son excelentes inventando buenas razones para NO hacer las cosas. Al final dejamos de debatir y fuimos por dos sectores a la vez. Ganamos en ambos. Uno de esos negocios fue más grande que cualquier cosa que hubiéramos cerrado antes, y los sectores que nos ponían nerviosos se convirtieron en los que impulsaron a toda la empresa al siguiente nivel. Nada de eso pasó mientras seguíamos hablando del tema.
Este año me pasó lo mismo a nivel personal. Todo el mundo le dice a un founder que el capital y los clientes están en EE. UU. Yo lo sabía. Igual pasé semanas dando vueltas en círculo… ¿valía la pena semejante cambio? ¿Lograría venderle a empresas estadounidenses? ¿Los inversores de allá me tomarían en serio? ¿Mi tendencia natural a ofenderme por todo y mi profundo desprecio por las leyes de portación abierta van a hacer que me maten? Son inseguridades naturales y no querría estar sin ellas. La única forma de descubrir si eran reales era yendo. Así que fui. La mejor decisión que tomé este año.
La regla aplica en todas partes. ¿Dudas sobre una contratación? Decide.
¿No estás seguro de si un canal es el indicado? Pruébalo.
¿Te preocupa que apagar algo tenga consecuencias? Apágalo.
¿Te da miedo que un inversor ignore un correo en frío? Envíalo.
El metaverso de Meta fue una mala apuesta. Pero también fue una cuestión resuelta en dos años, lo cual es más de lo que la mayoría de las empresas logran con sus malas apuestas.
Esta es la prueba: ¿Qué estás evaluando ahora mismo, hoy, que podrías deshacer en una semana? Toma la decisión. Puede ser la mejor que hayas tomado en tu vida. Si resulta ser terrible, solo te costó una semana.
Si tienes un asistente conectado a tus herramientas, pregúntale directamente: ¿sobre qué estoy deliberando que simplemente podría decidir? Te va a sorprender la lista.
Lo peor que un inversor puede decir es no. Lo peor que alguien contratado puede hacer es irse. Nada de eso es fatal.
La duda sí lo es.
*esto casi seguro no es cierto, pero se entiende la idea





