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El verdadero problema de las startups españolas

@elwatto
ESPAÑOL26 sept 2026
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TL;DR

Miguel Carranza sostiene que el principal obstáculo para las startups españolas es cultural, no regulatorio ni financiero. Destaca la necesidad de densidad comunitaria, modelos a seguir visibles y estructuras de recompensa equitativas para cambiar mentalidades y fomentar un ecosistema tecnológico local próspero.

Desde que tengo uso de razón me han gustado los ordenadores. Con ocho años ya quería ir a Silicon Valley. Era el sitio. Por eso tenía claro que estudiaría Ingeniería Informática: encontraría a gente como yo y acabaríamos construyendo cosas.

En la carrera me llevé una decepción enorme. Yo esperaba encontrar personas obsesionadas con la tecnología y con ganas de crear. En cambio, la gran aspiración era conseguir un puesto en una consultora que trabajase para la Junta de Andalucía y, con suerte, progresar hasta dejar de programar y convertirse en analista o project manager.

El talento existía, pero casi nadie veía crear una startup como una opción razonable. Faltaban referentes, ambición compartida y lugares donde quienes querían construir pudieran encontrarse.

En 2009 hubo un evento que me cambió la perspectiva pesimista. Eduardo Manchón vino a la universidad a contar la historia de Panoramio. Él y Joaquín Cuenca habían construido un producto entre dos personas y Google acababa de comprarlo. Hasta entonces, las startups eran algo que sucedía en California. De repente tenía delante a alguien que había creado un producto global desde España.

Y casi nadie estaba escuchando.

Éramos poquísimos en aquella sala. Otra de las personas que estaba allí era Laura Valverde, que años después fundaría Beetailer, una de las primeras empresas españolas en entrar en Y Combinator.

Tiempo después, Eduardo me dijo que siempre dudó si aquellas charlas servían para algo. Le contesté que si consigues que una sola persona descubra que existe otro camino, ya ha servido. A mí me lo enseñó.

Cuando terminé la carrera, las pocas opciones que encontré eran distintas versiones de la misma consultora. Prefería emprender y arruinarme antes que aceptar un trabajo de mierda en el que seguramente tampoco habría acabado bien. Así que me marché: primero al Reino Unido y más tarde a San Francisco gracias al programa de Jóvenes con Futuro.

El problema es cultural

Han pasado quince años y el ecosistema español ha cambiado muchísimo. Hay más empresas interesantes, más fundadores con experiencia y mucho más capital. España no será el nuevo Silicon Valley, pero tampoco hace falta. Londres, Berlín o París han producido grandes compañías sin serlo. España puede hacer lo mismo.

Cuando se habla de por qué aquí no se crean más startups, casi siempre aparecen los impuestos, la burocracia, la regulación, la falta de capital o la falta de talento. Todo influye. Pero el verdadero problema es cultural.

Los incentivos importan. El QSBS estadounidense, por ejemplo, puede reducir enormemente los impuestos de los fundadores si una empresa tiene éxito. Pero nadie dedica diez años de su vida a construir una compañía solo por el tratamiento fiscal de una hipotética venta. Yo no tenía ni idea que eso existía cuando empezamos.

El capital también fue una limitación seria. Hoy lo es mucho menos: hay más fondos españoles y mejor acceso a inversores extranjeros. Y desde luego no falta talento. El nivel técnico en España es altísimo, y de primera división.

Lo que falta es densidad. Que las personas adecuadas se encuentren, se reconozcan y eleven mutuamente sus aspiraciones.

La cultura determina quién considera siquiera la posibilidad de trabajar en una startup o fundar una. Y no podemos esperar a que el Gobierno cambie esa parte. Una ley puede mejorar los incentivos. No puede fabricar ambición, referentes o confianza.

Nos toca a nosotros.

He visto esta diferencia de cerca. En Estados Unidos he convencido a amigos (muchos de ellos españoles) para que dejasen trabajos en los que ganaban cientos de miles de dólares al año y se unieran a una startup que no ganaba dinero, tenía poca financiación y podía desaparecer en seis meses.

En España, para la mayoría, esa decisión sería impensable. Aquí he encontrado a más personas dispuestas a decir: venga, hagámoslo. Puede salir mal, pero aprenderemos muchísimo y existe la posibilidad de que salga extraordinariamente bien.

No es que los americanos sean genéticamente más emprendedores. Simplemente han visto esa película muchas veces. Conocen a alguien a quien le salió bien, a alguien a quien le salió mal y encontró otro trabajo, y a alguien que entró pronto en una empresa y terminó ganando mucho dinero.

Encontrar a tu gente

Por eso me ilusiona tanto lo que Guli Moreno está haciendo con The Exponential Fellowship y con iniciativas como HackSpain. Está reuniendo a algunos de los mejores builders jóvenes de España y convirtiendo talento disperso en una comunidad.

Lo importante no es solo que de ahí salgan proyectos, empresas o personas que den el salto a San Francisco. Es que alguien que antes construía solo entra en una sala y descubre a cientos de personas con su misma energía y ambición. Eso cambia lo que uno cree posible.

Las startups todavía son una novedad en España y faltan referentes cercanos. No basta con leer historias sobre garajes en California. Hace falta conocer a alguien que lo haya conseguido aquí. Hace falta que el éxito deje de parecer una anomalía.

Tan loco es el que sigue al loco

Los referentes no tienen por qué ser solo fundadores. Cuando hablas con alguien que fue uno de los primeros empleados de una empresa que tuvo mucho éxito y ganó dinero con sus stock options, la conversación es distinta. Entiende que el salario es solo parte de la compensación y que las opciones son una apuesta cuyo resultado puede ayudar a construir.

Para que esa mentalidad se extienda hacen falta más historias así: alguien entra pronto en una startup, los fundadores comparten el éxito, le cambia la vida y después invierte o crea su propia compañía. Así se construye un ecosistema. Una empresa produce los fundadores, inversores, y primeros empleados de la siguiente.

En España arrastramos una relación complicada con la figura del empresario: el rico de familia, el que tenía los contactos adecuados o el tirano que se beneficiaba del trabajo de los demás. La imagen del empresaurio no apareció de la nada.

Los fundadores de esta nueva generación tenemos que cambiarla. Si queremos que grandes profesionales asuman el riesgo de acompañarnos, tenemos que ser generosos. No podemos pedir mentalidad de dueño, un compromiso excepcional y tolerancia al riesgo para después reservar todo el premio a los fundadores.

El equipo inicial es igual o más importante que quienes fundaron la empresa. Tan loco es quien tiene la idea como quien decide seguirle cuando todavía no hay casi nada. Ese riesgo merece una parte real del éxito.

También tenemos una relación extraña con el esfuerzo. Celebramos a nuestros deportistas de élite y entendemos los sacrificios que exige competir al máximo nivel. Sin embargo, trabajar muy duro para construir una empresa excepcional se interpreta a menudo como algo tóxico.

Las startups no son para todo el mundo. Ni deben serlo. Pero las personas que sí quieren asumir ese esfuerzo deberían poder encontrarse y participar justamente en la recompensa. Si los empleados hacen el sacrificio y el pastel se lo reparten los tres empresarios de siempre, no creamos un ecosistema. Alimentamos más la narrativa del empresaurio.

Estamos más cerca de lo que parece

Tengo un respeto enorme por quienes crean una compañía en España. Juegan en modo difícil: necesitan formar muy rápido un equipo pequeño y excepcional dentro de una cultura (y también un marco regulatorio) que no están pensados para esa forma de trabajar.

La regulación importa, pero no es la causa principal. El talento está ahí. También el capital. Y cada vez existen más comunidades capaces de juntar a la gente adecuada.

Ahora faltan grandes casos de éxito. No solo compañías con valoraciones enormes, sino empresas que compartan ese éxito, produzcan decenas de nuevos fundadores y demuestren que entrar pronto en una startup española puede cambiarte la vida. Creo que estamos muy, muy cerca de ver algunos.

Cuando ocurra, miles de personas podrán mirar a alguien cercano y pensar que ellas también pueden hacerlo. Eso fue lo que Eduardo Manchón hizo por mí en una sala casi vacía en 2009. Ahora necesitamos hacerlo a gran escala.


Muchas gracias a todos los que han luchado, y siguen luchando por el ecosistema español. En especial, aquellos con los que he tratado personalmente y me han ayudado en este viaje: Eduardo Manchón, Joaquín Cuenca, Guli Moreno, Daniel Lopez, Laura Valverde, Miguel Martinez, Sam Lown, Javi Santana, Alberto Asuero, Hector Garcia, Bernat Farrero, Jordi Romero, Kintxo Cortés, Samuel Gil, Omar Pera, Javi Lopez, Jose Florido, Emilio Nicolas, Jaime Novoa, Alejandro Artacho, Luis Paarup, Javier y Pablo Palafox, Celia Manzano, Javier Sanchez, Manuel Suarez, Elisenda Bou, Pablo Santos y muchísimos más que seguro que me dejo.

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